• Bruno Herrera Criollo

Clasificar era lo de menos

Redactado por: Bruno Herrera

Editado por: Hannah Caparo

Publicado por: Gonzalo Alvis


Sería engañarnos el creer que nuestra selección de fútbol alcanzó el repechaje para el mundial de Qatar 2022 luego de un derroche de talento y estrategia. Tampoco sería honesto atribuirle la oportunidad a un equipo que, a pesar de sus limitaciones individuales, consolidó una eficiencia grupal que sin luces ni lujos nos aproximó al anhelado torneo. En realidad, lo que nos condujo al partido con Australia fue una serie de eventos afortunados que, aprovechados incluso de manera intermitente, terminaron maquillando la crónica irregularidad de la escuadra nacional.


Esta suerte ya nos había sonreído antes, durante las eliminatorias para Rusia 2018, cuando un reclamo de Chile terminó dándonos tres puntos sin los que el repechaje podría haber quedado tan distante como hoy nos queda el mundial. Pero aun ante la evidente prominencia de nuestra fortuna en ese entonces, no fuimos sinceros con nuestras circunstancias y caímos en la trampa de la pibonexia. Preferimos creer que la clasificación había salido adelante a punta del esfuerzo de personalidades dignas de película y una mente maestra que, muy novelescamente, nos devolvía la ilusión que alguna vez nos arrebató.


Preferimos creer porque era la única respuesta racional que un país hastiado de más de treinta años de fracasos no solo futbolísticos, podía dar. Estábamos en el mundial y no importaba el cómo ni el porqué. Clasificar no solo nos había restituido pasiones de antaño, como llenar álbumes con figuritas y cantar canciones comisionadas por la dictadura militar; también nos daba un nuevo status. Ya no acordábamos amistosos con humildes selecciones centroamericanas pues nuestros ojos se hallaban al nivel de los de alemanes y holandeses. Dinamarca y Australia eran grandes posibles, casi tanto como los cuartos. Soñar nunca costó menos.


Por supuesto, Rusia nos despachó rápido y pese a que el fin del confort fue ingrato, especialmente para quienes sacrificaron mucho para acompañar a la selección al otro lado del mundo, no tuvo lugar una autocrítica edificante. La culpa, según muchos, la tuvo Cueva y su telescópica ejecución del penal ante Dinamarca. Para otros, fueron los caprichos del viento y la gravedad los que impidieron que el remate de Aquino terminara dentro del arco francés. Menos fueron los que reconocieron que Perú jugó tal y como solía jugar las eliminatorias solo que, a diferencia de estas, la copa del mundo perdona muchos menos errores.


Nuestra temprana salida de competencia debió inculcar aquella reflexión que el éxtasis de la clasificación mantuvo esquivo: se puede llegar lejos con mucha fortuna, pero no muy lejos con poca virtud. Una nueva competición abría sus inscripciones y la conciencia de nuestras debilidades pudo habernos llevado a compensar ese sutil pero determinante desequilibrio. Paradójicamente, la fortuna nos volvió a sonreír con un enviado hiperbóreo incluido y volvimos a creer la mentira de que, aunque no nos definamos en lo estructural, las excepcionalidades salvarán el día.


Después de todo, el fútbol es así y la fe es lo más lindo de la vida, pero, aunque la fe se diga eterna, la suerte no lo es tanto. El 13 de junio del 2022, la fortuna abandonó a la Blanquirroja y todo de lo que pudieron disponer para la victoria fue su virtud. Tan ausente quedó nuestro manido recurso que en esta oportunidad no hubo árbitro al que se pudiera linchar, VAR al que se debiera cuestionar, faltas que se tuvieran que reclamar o hinchada que necesitara motivarse. Todo dependió exclusivamente del once en la cancha y el cuadro técnico en la banca. Y así nos fuimos a penales.


El juego de Australia no fue brillante ni mucho menos eficaz. Quienes habían advertido un equipo físico, acostumbrado a pasar sus ratos libres jugando rugby, acertaron marginalmente. La propuesta peruana, por su parte, fue inexistente o, en todo caso, irreconocible. Se confió (como casi siempre) en las excepcionalidades, las cuales fueron anuladas por una defensa decente cuando realmente hubo el ímpetu para alcanzar el área enemiga. Las decisiones de Gareca no resolvieron ninguna ecuación y los jugadores terminaron descolocados, en el campo y en sus mentes.


No soy un experto en fútbol y lo disfruto en ignorancia silenciosa cada vez que lo veo por televisión. No exclamo ni doy órdenes a los jugadores acerca de lo que tienen que hacer porque espero que ellos sepan, mucho mejor que yo, cómo mover el balón e insertarlo entre tres palos. Lo que sí puedo hacer es reconocer en los rostros y sus gestos el signo de la derrota anticipada. Cuando el extremo mira al defensa con desconcierto y el director técnico se lleva las manos a la cara en la misma expresión de alguien contratado a deshora para dirigir a un arreglo de desconocidos, no veo un repechaje perdido, veo la historia del Perú. Solo entonces, doy rienda suelta a toda clase de alaridos.


Quizá por eso no pudimos tener mejor verdugo que Andrew Redmayne, un arquero con profunda vocación por la guasonería. Había entrado en reemplazo del guardameta que, con relativamente poco esfuerzo, defendió la portería de los Socceroos durante más de dos horas y rápidamente se reveló como un instrumento para la guerra psicológica. Luego de mortificar al rival con torpes danzas que de seguro pasarán al repertorio de pesadillas peruanas, atajó el penal que selló nuestra eliminación. Siguió su hazaña con una risa histriónica que endemonió su rostro y sonaba a “sufre peruano, sufre”.


Así, una vez más, confiados en la prosperidad falaz de una fortuna que no fue acompañada por virtud, nos hundíamos en una crisis sin consuelos. ¿Cuántas veces habían sido ya? Tantas como todos los futuros que se deshicieron en esos eternos ciento veinte minutos del día en que Dios olvidó que era peruano. Es hora de golpearnos el pecho y reconocer nuestros pecados, es decir, los grandes pecados de la peruanidad. Tomar conciencia de nuestra característica sombra y luchar contra el grillete con el que nos rezaga, podría ayudarnos a marchar mejor como país. Quizá (y solo quizá) también pueda sentar las bases para que nuestro fútbol avance con firmeza y no con las justas.


La indecisión


Cuando un jugador para la bola en el medio campo y observa a quién dar pase, está decidiendo. Si un jugador está en el área chica y hace lo mismo, está fracasando. La efectividad del jugador peruano en esa zona ha sido cuestionada durante años y alguna vez se tuvo la buena prudencia de convocar a un cuerpo de psicólogos para que atendieran este fenómeno. Todos nos lo hemos preguntado alguna vez: “¿por qué no pateas al arco?”. La respuesta honesta sería “porque no quiero tener la responsabilidad”.


La indecisión a ese nivel puede ser producto del pánico que genera la idea de ser el último eslabón de un proceso fallido. No se trata de desconfianza en la propia capacidad pues, de ser el caso, estaríamos hablando de personas que asumen cargos para los que no están calificadas y si bien la corrupción infesta el país, no es un flagelo exclusivo del Perú. Es un problema que debe analizarse en dos dimensiones: la del indeciso y la del inquisidor.


Por un lado, el indeciso, habitante insigne del purgatorio, teme por su reputación ante un posible lapsus de su albedrío. La lógica de un jugador indeciso dictaría que no puede emprender una acción individual que lo llevara a perder el balón, que tiene que salir jugando porque el pelotazo es incierto, que lo más seguro es una sociedad atrás y un largo etcétera. En la mente del indeciso, no se distinguen las oportunidades pues tan solo se multiplican las dudas. Asfixiado por los dilemas, toma la única decisión que se le ocurre: dar pase. La mayoría de las veces, lo hace hacia atrás y, peor aún, a otro indeciso.


Al otro lado se halla el inquisidor, quien juzga desde la comodidad de sus aposentos la bradipsiquia de su imputado. El inquisidor tiene también su propia disyuntiva. Por una parte, está a la expectativa de cualquier error para designar a su chivo expiatorio. Por otra, trata de entender que, a diferencia de su conveniente puesto de observador, el indeciso se halla en una encrucijada a la que cualquiera en su lugar sería vulnerable.


Así se retroalimentan, en un círculo vicioso, dos actitudes tóxicas. El inquisidor castiga iniciativas que, si bien fallidas, tuvieron innegable potencial, al mismo tiempo que demanda nuevas propuestas. El indeciso, temeroso de las condenas de su observador, se retrae de cualquier acto decisivo, es veloz para culpar a otros por el fiasco y hasta siente alivio de ser exonerado de responsabilidad, aun cuando esta absolución le llega en la desgracia. Por esto último, el inquisidor se vuelve más permisivo y satisface la laxitud del indeciso en el momento en el que más urge la determinación.


Tal vez los futbolistas peruanos están acostumbrados a dar pase cuando tienen que rematar y a jugar hacia atrás, tan atrás como el arco, para sentirse en pleno control del esférico. No es una tendencia que observe en otras selecciones, especialmente las exitosas, pero puedo entender las razones detrás de un estilo de juego que, por antigüedad, ya parece tradición. Puedo entenderlas, pero no las tolero y no lo hago porque, como ya he dicho antes, es una actitud que va más allá de los noventa reglamentarios.


Lo veo en gobernantes y gobernados; Ejecutivo y Legislativo; izquierdas y derechas; trabajadores y rentistas. El síndrome del “yo no fui, ni seré” que nos tiene en un páramo inerte donde lo único que cambia son las formas de decir que no cambia nada. Están los indecisos que se benefician de la parálisis y también los que, teniendo buenas ideas, morirán a la espera de un mesías que las implemente. A veces es la falta de presupuesto; otras, la falta de concientización. Las excusas sobran para justificar nuestras carencias y las únicas decisiones que se toman quedan en el intrascendente limbo de la mediocridad hasta que son revertidas por una indecisión opositora.


La selección podría mejorar sus resultados y el Perú incrementaría su bienestar si los decisores que los conforman tuvieran convicción de las ideas que quieren sacar adelante, aplomo para asumir los errores que puedan cometer en el proceso y humildad para aprender de ellos. Es un hecho que tenemos convicción sobre el país que queremos y todos los mundiales que en los que deseamos competir, pero si no añadimos los otros dos valores, ninguno de nuestros anhelos llegará a concretarse.


La irregularidad


Está claro que para haber llegado al repechaje alguien tuvo que decidir y, más importante, tuvo que haber acertado. Resulta curioso que uno de los que decidió mejor cuando tuvo la responsabilidad de hacerlo haya tenido que ser nacionalizado para poder vestir los colores de nuestra camiseta. En la impronta de esta reflexión, Gianluca Lapadula podría ser parcialmente exculpado de los pecados capitales de la peruanidad. Sin embargo, la naturaleza de las decisiones de Gareca en la noche triste en Doha ponen en duda la inmunidad de los extranjeros a la debilidad nacional más notable en lo futbolístico.


Y es que no hay indecisión que dure cien años ni colectivo que la resista, pero en el Perú, exigir resultados consistentes por la centésima parte de ese periodo es mucho pedir. Así, por ejemplo, luego de la memorable Copa América 2019, la selección perdió casi todos los partidos de las primeras rondas de las eliminatorias y en algún momento se aproximó al detestablemente conocido fondo de la tabla. Más adelante, una buena racha nos repuso en la carrera, pero eventuales derrotas como la de La Paz volvieron la experiencia una montaña rusa en la que la organización de nuestro equipo tuvo pocos paralelos con un reloj suizo y más parecidos con el Tren Macho.


El último desgano del once nacional confirmó este patrón y le terminó costando la clasificación a un mundial que casi tenía entre manos. Hubo complicaciones en salida, pases terribles y las equivocaciones típicas del equipo de Gareca, pero nos irritó más que el punto más bajo de la ondulada trayectoria de sus desempeños haya coincidido con una fecha tan importante.


Después de haberse enfrentado, con éxito inclusive, a selecciones de mayor jerarquía, los nuestros respondieron a la acción australiana como apenas sombras de sus mejores momentos. No se les había pedido que jueguen un nuevo deporte, tan solo se requería que continuaran lo bueno y perfeccionaran lo que podía hacerse mejor. Tal parece que, de esta sencilla sugerencia, omitieron por completo lo primero y lo segundo lo entendieron al revés.


De esta forma llegaron el Perú y su selección a ese infame lunes trece. Ambos, desprovistos de conocimientos que suponían elementales y teniendo que aprender lecciones que ya habían recibido hasta el hartazgo. Como bien se señala para otros efectos, hubo crecimiento, pero no hubo desarrollo. Creció nuestro potencial, pero en la hora de la verdad, nos achicamos y nos olvidamos de lo que, más allá de la fortuna, nos llevó hasta ahí. Sucumbimos a la tentación del fracaso y la ilusión del mundial se esfumó al igual que los verdes registros económicos que en otrora nos habían deslumbrado.


Terminado el partido no solo quedaba el amargo sabor de la derrota, sino también la estremecedora sensación de que esta marcaba el inicio de una recesión del fútbol peruano. ¿Quiénes darían un paso adelante ante la llamada del recambio? A juzgar por el trabajo en los clubes locales, los nuevos “fantásticos” escasearán más que la urea. Así se verá nuestro ciclo de inconsistencia: una proyección en el largo plazo de las ocasionales incertidumbres que se viven en la cancha.


Desde luego, ninguna selección en la historia del fútbol ha tenido una buena racha indefinida. La España que campeonó en Sudáfrica se quedó en la fase de grupos de Brasil, y la Alemania que avasalló al anfitrión en el Mineirão tuvo una corta estadía en Rusia, cuatro años después. Por ello, no se pide la inexpugnabilidad del Scratch de hoy (aunque sería bueno tenerla), sino un esfuerzo claro y sistemático para definir una línea base. Un nivel de calidad del que no se debería descender por factores endógenos y que muestre, en cada partido, una versión equivalente o mejor del rendimiento del equipo. Recién cuando se alcance y mantenga ese estándar, las tragedias como esta eliminación sí se podrán sindicar a la mala suerte y no a la mala gana.


Con todo, la irregularidad tiene un mecanismo perverso a través del cual alimenta a la esperanza y extiende sus expectativas de vida. Es aquel engaño mediante el cual, luego de una racha desastrosa que inspira las críticas más encendidas e introduce debates de reforma en el itinerario colectivo, un triunfo de última hora se convierte en la expiación de todas las culpas. Bastan algunos resultados positivos más y la amnesia sobre las condiciones que podrían devolvernos a la deriva es absoluta.


Es un pecado en la medida en que no somos capaces de sostener nuestras buenas decisiones y peor que la indecisión en cuanto esta puede ser momentánea mientras que lo irregular se extiende más allá de la memoria. Como la de la selección, la historia del Perú ha tenido varios momentos en los que, por un golpe de suerte o un destello de brillantez de sus gobernantes, parecíamos enrumbados en la vía del progreso, solo para retroceder dos pasos tiempo después. Así, se nos fueron incontables oportunidades que suelen evocarse con nostalgia colérica de vez en cuando.


Irónicamente, esa ha sido nuestra regularidad: errar consecutivamente, salvar la situación por un instante y luego volver a cometer los mismos errores. Este no es un descubrimiento personal, en realidad todos los peruanos somos más o menos conscientes del infierno circular que nos mantiene en la categoría de país en vías de desarrollo, sin que las vías ni el desarrollo sean aparentes. Lo que nos impide desmantelar esta y otras bien sabidas instituciones es el pecado peruano definitivo.


La resignación


La carcajada de Redmayne coincidió con el desgarrador llanto de Advíncula. En la puerta del horno se nos había quemado el pan y la resaca de todo lo sufrido comenzaba a empozarse en el alma. Por eso la federación apuró a su equipo de marketing y en cuestión de minutos propagó a través de sus redes una consigna conocida: “en las buenas y en las malas”. Había que infundir en los hinchas, consternados por lo inesperado, el espíritu de incondicionalidad. Después de todo, aunque no hubiésemos clasificado, la selección nos regaló grandes alegrías que quedarán para siempre en nuestra memoria y debíamos seguir alentando, como la mejor hinchada del mundo que éramos.


Sería mezquino desconocer que nuestro imperfecto seleccionado nos trajo victorias exquisitas para el recuerdo, pero hacer a un lado el innecesario desastre que nos tocó vivir era, sencillamente, desconectarse de la realidad. No obstante, muchos siguieron esta narrativa, quizá porque semejante analgesia apaciguaba el luto o porque a pesar de la dimensión del fracaso, había problemas mucho más importantes que atender. Esas reacciones son completamente comprensibles y familiares. Lo que pasará a la infamia es el repentino cambio de actitud sobre el trabajo del plantel. Luego del pitazo final, ya no eran los lerdos jugadores que reptaban a través de la cancha, como tratando de cumplir una profecía en su contra, sino un equipo “que lo había dejado todo”.


En ese punto, el negacionismo se volvió revisionismo y aunque los más sinceros reconocieron que se buscaba defender la psique nacional, el discurso quedó al servicio de la condescendencia. ¿En serio merecíamos ir al mundial? El resultado indicaba lo contrario y lo hacía de manera muy objetiva. Sin embargo, en vez de establecer un diagnóstico de nuestras deficiencias e incorporarlo a un plan que nos ayude a superarlas de cara a un nuevo proceso clasificatorio, simplemente admitimos nuestra derrota, sin más.


“Salimos a jugar y los resultados no se dieron” es una frase común que se suele decir después de un resultado adverso y que, por su ánimo resignado, no ayuda en nada. Lo que sí hace es abstraer las responsabilidades pues está claro que los resultados nunca se darán solos y siempre corresponderán a la acción de alguien. Menos abstracta resulta el “roba, pero hace obra” que ahora se dice menos tan solo porque la tolerancia a la corrupción ya casi ha sido interiorizada por la mayoría de los peruanos.


Se ha comentado que nuestra resignación es cruda y cínica. Esos adjetivos son adecuados, pero a lo mejor la describen de manera muy sofisticada. En mi opinión, nuestro pecado capital es un oxímoron que se practica con el rabo entre las patas y mostrando los colmillos. Nos resignamos como mecanismo de defensa y hasta somos intolerantes de que otros no lo hagan. “Podría ser peor”, es otro lema cuyo consuelo no tiene ningún efecto en una nación donde el deterioro de los valores no toca fondo.


Ciertamente, llegamos al repechaje luego de unas eliminatorias que inspiraron grandes emociones, nos hicieron saltar, cantar y brindar. Nadie nos quitará lo bailado, pero de cara al mundial, estamos tan afuera como Chile o Venezuela. En efecto, pudo ser peor … o tal vez no. Especular acerca de los futuros perdidos de la Blanquirroja es sin duda un quehacer irresistible. ¿Qué hubiera sucedido si llegábamos eliminados a la décima fecha de las eliminatorias? ¿Habría sido menos dolorosa la no clasificación? ¿Habría sido la vergüenza el detonante de reformas en el planteamiento del equipo?


Quisiera pensar que, en ese escenario alternativo, salieron adelante los cambios que exige nuestra realidad hoy. Quiero pensarlo, porque sé que es muy probable que ante tamaña necesidad hubieran aparecido los mismos resignados que destacan en este momento: aquellos incondicionales que “protegen” la autoestima de jugadores a los que se remunera a cambio de un rendimiento profesional. Este grupo tiende a confundir selección con convocados tanto como otros cofunden Estado con gobernantes.

Si es necesaria la salida de uno o más jugadores, por razones físicas o de aptitud, el cambio debe proceder por el bien de la selección. Del mismo modo, si el cuerpo técnico no ha respondido asertivamente a los desafíos estratégicos más importantes, la reestructuración debería ponerse en debate. Nos hemos acostumbrado tanto a ciertas individualidades que nos cuesta pensar en un equipo funcional que no tenga rostros conocidos.


Nos habíamos encariñado a sus carismáticas presencias, las cuales se fueron integrando, con el pasar de los años, a nuestra vida cotidiana. Los veíamos en anuncios de televisión y stickers de WhatsApp. Sus madres aparecían en los dominicales a contar los detalles de sus infancias y un par de ellas fueron llevadas a la pantalla grande. Más allá de los resultados, la selección era un símbolo patrio que se hallaba prácticamente al mismo nivel que el himno y la escarapela.


Mi padre siempre ha sido escéptico de que los jugadores aparezcan en comerciales de cualquier tipo pues, según su criterio, estas los tienen más al pendiente de una vida de artista que de las exigencias del deporte. Por mucho tiempo estuve en desacuerdo, pues consideraba que tenían derecho a ser auspiciados por quien quisiera y prestar su imagen a la organización que desearan. El partido ante Australia modificó mi perspectiva, sobre todo cuando veía en la banda inferior de mi televisor, muy sonriente y vistiendo los colores de una marca al mismo jugador que en ese instante destilaba desdén ante las cámaras en Qatar.


En ese sentido, jugaron pésimo y, peor, no lo dejaron todo en la cancha. Salvo algunas excepciones, no la lucharon como si (literalmente) la clasificación dependiera de ello y en algunas instancias parecían convencidos de que jugaban una revancha amistosa contra Nueva Zelanda. Por esa actitud displicente que nada borrará de mi memoria, tratar a los seleccionados como víctimas me parece completamente ridículo.


Clasificar era lo de menos, pero no solo, como dice la federación, porque la alegría radicaba en el camino, sino también porque lo más importante de este y todos los demás partidos fue crecer a través de la entrega en cada partido. Ya que parte de la virtud está hecha de voluntad, aun cuando haya faltado el talento, esa garra a la que tanto se apela hubiera sido suficiente para ganar con épica o perder con hidalguía.


Lo que nos queda en cambio es la certeza de que, en el momento decisivo, primó la mediocridad y la fe estuvo intacta, pero se mantuvo en un plano inmaterial. La gran resignación de este partido no fue la de admitir, sin mayor reflexión, que lo perdimos, sino el tolerar la desapasionada postura de un seleccionado que no estuvo a la altura del símbolo que representa.


Se trata de la misma resignación que sigue a nuestras elecciones, cuyos resultados casi nunca celebramos plenamente, y que mantiene en el poder a políticos que responden más a intereses personales hasta que son obligados a salir por alguna investigación judicial o porque se realizan nuevos comicios, no más esperanzadores. Cada cuantos años asistimos a las urnas y entre esos llamados pocas son las veces en las que se nos vuelve a consultar sobre lo que queremos para el país. Nos conformamos con esa escueta expresión de democracia y cuando vemos que quienes accedieron al poder solo se sirven de él en desmedro de nuestro bienestar, nos resignamos porque “es lo que tocó” y “no hay nada que se pueda hacer desde aquí”.


Mientras sigamos en las buenas y en las malas, no existirá el incentivo para que nuestros seleccionados, no tan jóvenes la mayoría de ellos, corrijan los errores en los que han persistido durante años. De igual manera, si seguimos premiando la impericia y corrupción con poder, nunca tendremos a las personas idóneas a cargo de la organización del Perú.


Por esta razón, propongo una “ley del hielo” que no debe confundirse con ostracismo. Esta implica que los medios de comunicación deberían relajar su obsesiva cobertura y alabanza de las vidas de los jugadores de la selección. Además, los auspiciadores bien tendrían el modificar los enfoques de sus anuncios, de tal manera que estos resalten la mejora continua que moviliza a los jugadores y dejen de lado supuestas habilidades extraordinarias. Dicho de otro modo, los jugadores no deben ser engreídos, idealizados ni endiosados.


Tampoco deberán creer, en ninguna circunstancia, que siquiera merecen ganar antes y durante los partidos. Solo después de los encuentros, cuando haya quedado claro el sacrificio, se abrirá una ventana para la catarsis del triunfo o un análisis cerebral de la derrota, pero no se deberá dormir en laureles momentáneos. Con ese temple, tendremos que asumir que Dios nos ha abandonado, no porque nos desprecia, sino porque desea que hagamos de la búsqueda inagotable de la virtud nuestra máxima expresión de fe.


La hinchada también puede mejorar. En primer lugar, deberá dejar de conformarse con las faltas de pasión que, en este nivel, son faltas de respeto. Una incondicionalidad sin reciprocidad no es funcional y solo sienta las bases para la desilusión. En segundo lugar, tendrá abandonar algunos vicios demostradamente fatuos como la soberbia práctica de mofarse de los fracasos ajenos. En principio, es una conducta antideportiva que revela ciertos sentimientos de inferioridad además de ser incompatible con los valores de humildad recomendados previamente. Por último, deberá ser más vigilante con los dirigentes administrativos de la FPF, siempre ávidos para disimular sus turbios manejos detrás de los buenos resultados del equipo.


Lo que sí debe mejorar, ostensiblemente más que la hinchada, es esa informe masa a la que llamamos ciudadanía. Se trata de un grupo fragmentado que no le ha desarrollado una condicionalidad a nadie y a veces resulta tan desapasionada que el más lánguido de los convocados ante Australia saldría mítico de la comparación. Es esa comunidad resignada al pillaje y la oclocracia que veía en Qatar un escape a los problemas que, en casa, ya se había cansado de discutir.


Tal es la resignación que, hasta los políticos más astutos, estimulados por el prospecto de un levantamiento popular desencadenado por la derrota, vieron (resignados ellos también) como la frustrada muchedumbre, no marchó iracunda a Palacio, sino que arrastró los pies al paradero del bus que los llevaría a casa. A la mañana siguiente, encenderían la televisión y recibirían el boletín diario que les confirmaría, sin mayor sorpresa, que el Perú siempre puede estar peor.


El corto plazo de nuestra política también es lo de menos. Me atrevería a decir que ningún agente de cambio serio debería dedicarle más que unos minutos de su tiempo al día. Como en el fútbol, debemos pensar en el 2026 y mucho más allá (si es que no acabamos con el planeta primero). Los semilleros de liderazgo deberían ser una prioridad de todas las organizaciones que se atribuyen la intención de mejorar las condiciones del país. Pero, atención. Formar líderes no es entrenar a futuros candidatos u operadores del poder. Hacerlo sería reproducir el sistema que se desea reformar.


Necesitamos líderes que no dependan de hegemonías para poner su potencial al servicio del Perú. Que se identifiquen con una noción de equipo en la que cada miembro ocupe una posición clave para la consecución de los objetivos del conjunto. Las individualidades pueden ser traicioneras y siempre serán pasajeras, pero la formación colectiva, con sus componentes apoyándose en red es capaz de resistir mayores embates, así como obtener logros más significativos y duraderos.


Superar nuestra resignación empieza por ponernos la camiseta hasta en los días en los que no hay partido, pues es claro que todos los días juega Perú. Empezar a buscar sociedades en las canchas en las que juguemos, conectar los diferentes ejes de una transformación en marcha e invertir la dirección de la política de tal forma que se empiece a hacer de abajo hacia arriba. Las propuestas, escritas por plumas más específicas y prolijas que la mía, se hallan sobre la mesa. Lo único que hace falta es decidirnos.


Por último, cedo la palabra a Ramón Tamames (1971), quien, para otro contexto, escribió quizá la conclusión reformista por antonomasia:


Naturalmente, al final de estas líneas se podrá decir que el autor es un iluso, o un utópico, o un simple arbitrista que se limita a proponer sin tener en cuenta las dificultades existentes para llegar a la aplicación de semejantes propuestas. Naturalmente, esta afirmación puede hacerse. Lo que no quiere decir que no exista una réplica adecuada: en [Perú] se están presentando ya las bases sociales entre los trabajadores, en las universidades, en determinados grupos de profesionales para que el planteamiento de las reformas estructurales deje de ser un simple «divertimento teórico» y se convierta en una aspiración profunda, enraizada e instrumentada por todo el pueblo. (Tamames, 1971, p.483-484)

Purisunchik.


Referencias


Tamames, R. (1971). Introducción a la economía española. Alianza Editorial, 6ª edición, Madrid.


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