• César Yupari Chaccha

¿Qué es la democracia y por qué le pedimos tanto?



Redactor: César Yupari

Editor: Giuliana Piedra


Hacia fines de los años 80, Francis Fukuyama (1989) señaló en un artículo académico que el fin de la historia había ocurrido a partir del desmoronamiento progresivo de la influencia soviética en occidente. En realidad, él se refería al fin de la lucha ideológica entre los dos sistemas de pensamiento político que bregaron entre sí durante la Guerra Fría: el comunismo y la democracia liberal. La elección del término democracia liberal por parte de Fukuyama no fue casual, sino que respondió al devenir propio de la evolución de diferentes ideas y corrientes de pensamiento que confluyeron en el siglo XX: democracia, liberalismo y capitalismo. La asociación cuasi natural entre lo democrático y lo que es inherentemente bueno es reciente; y su historia está ligada al desarrollo de la nación heredera de la democracia moderna: Estados Unidos. No obstante, en los últimos años, incluso este país ha sufrido los embates de la llamada desdemocratización (Tilly, 2007) o crisis de la democracia (Levistky & Ziblatt, 2018; Runciman, 2019). Resulta, entonces, que la democracia no es la tierra prometida ni el último estadio de forma de gobierno que el ser humano ha podido diseñar. Por lo tanto, es pertinente hacerse las siguientes preguntas: ¿qué entendemos actualmente por democracia? y ¿cuál es su relación con otros fenómenos socioeconómicos? El presente ensayo tratará de responder estas preguntas.


Para empezar, no es posible referirse apropiadamente a lo que se conoce actualmente como democracia si no se exploran las fuentes primarias, es decir, aquellos pensadores y políticos primigenios que señalaron a la democracia como una forma de gobierno factible. El punto de partida es la tradición griega clásica. Norberto Bobbio (2015) describió en su Diccionario de Política cuáles fueron las formas de gobierno consideradas por Platón y Aristóteles como puras y degeneradas. De todas ellas, la democracia era aquella en la que gobernaba la mayoría, los pobres o la multitud con una amplia libertad. Sin embargo, la democracia no era considerada por los filósofos griegos como una forma de gobierno virtuosa ya que reconocían como improbable que el pueblo tuviese la capacidad para autogobernarse. De pronto, la idea de democracia de los griegos se muestra muy lejana a lo que nosotros consideramos como un gobierno democrático en su sentido más contemporáneo. ¿A qué se debe esto? Evidentemente, hay otros tramos de la historia de la democracia que es preciso abordar.


La siguiente parada obligatoria es Roma y el medievo, cuyos aportes fueron significativos para la construcción de la idea moderna de democracia que tenemos hoy. Un elemento indispensable a la democracia actual es el origen popular de la soberanía; el pueblo es quien les confiere el poder soberano a los gobernantes. Esta idea tiene su origen en las frases mencionadas por Ulpiano en el Digesto del emperador bizantino, Justiniano (Bobbio, 2015, p. 443). Posteriormente, Marsilio de Padua agregó al significado de soberanía popular la posibilidad de que el pueblo establezca leyes para autogobernarse. Por ello, respecto a lo mencionado, si el pueblo es el que determina quién gobierna y cómo se debe gobernar, la idea de democracia amplía sus límites. Más adelante, Maquiavelo utilizó como ejemplo su acercamiento a la República de Florencia y a otras ciudades-estado de Europa para alegar la necesidad de una forma de estado como la república, que sea contraria a la arbitrariedad de las monarquías.

La influencia de estas ideas se hizo más evidente cuando se fueron difuminando progresivamente los muros conceptuales entre lo que se entendía por república y por democracia. Ciertamente, en la época de Maquiavelo, la regla era la existencia de monarquías absolutistas o repúblicas aristocráticas. No obstante, la idea de una república democrática en la cual el control de la cosa pública sea ejercido por la mayoría de las personas fue considerada como una necesidad no solamente moral, sino también práctica.

Justamente, Giovanni Sartori (2007) sostiene que para entender cabalmente la idea de democracia es necesario tomar dos dimensiones inseparables del análisis: lo que es realmente la democracia (descriptiva) y lo que debería llegar a ser (prescriptiva). Este ejercicio prescriptivo de la democracia como forma de gobierno es, precisamente, parte de la historia de los últimos 250 años. Sin embargo, este transcurso temporal que empieza con la independencia de Estados Unidos y con la Revolución Francesa no debe entenderse hegelianamente como un período de acumulación intelectual sobre la democracia que culminará en una forma perfecta de gobierno. Curiosamente, las evidencias de que esto no es así se han vuelto cada vez más presentes desde la época en la cual Fukuyama dictaminó que habíamos llegado al fin de la historia: los años 80 del siglo XX.


Regresemos entonces al adjetivo utilizado por Fukuyama con el que se refirió a la democracia: liberal. Para entender el liberalismo, se acudirá al recuento conceptual histórico que realizó Helena Rosenblatt (2018) sobre dicho término. Primero, es importante señalar que lo que entendemos hoy por liberalismo difiere en gran medida de la tradición liberal que surgió hacia finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX. Por ejemplo, ha sido un lugar común en la academia señalar a John Locke, a Thomas Hobbes y a Adam Smith como los padres del liberalismo, cuando en realidad estos tres teóricos nunca se autodenominaron como liberales. A pesar de ello, Locke, en particular, sí concibió la idea de libertad como un ideal moral de comportamiento cívico que se sostenía en la responsabilidad que tenían las personas como miembros de una comunidad. Si la noción tradicional de la libertad estaba asociada a la protección del bien común, ¿cómo es que se llegó a la idea de que el liberalismo solo debía proteger los intereses individuales de cada persona? Para responder esta cuestión, Rosenblatt sostiene que esta última visión más restringida del liberalismo recién cuaja en el siglo XX a partir de las reflexiones que surgieron de las dos grandes guerras y de la Guerra Fría.


La pieza faltante de esta transición conceptual del liberalismo se encuentra en el cuerpo teórico desarrollado en el siglo XIX, especialmente en Francia. El liberalismo desarrollado por teóricos como Benjamin Constant se abocó a preservar los ideales de la Revolución Francesa y a defender a la república como una forma de estado moralmente superior a la monarquía. Sin embargo, hasta ese momento no se planteó ni por asomo una conexión entre democracia y liberalismo. En realidad, dada la convulsión política francesa de las primeras décadas del siglo XIX, la democracia era vista tal y como los filósofos griegos la pensaron: vulgar y susceptible a convertirse en un gobierno despótico. Mientras se iba construyendo un Estado republicano con más funciones, la misma idea de liberalismo fue cambiando desde una perspectiva del cuidado del bien público hacia una posición menos intervencionista. El vaivén ideológico fue parte del liberalismo ya que no existió expresiones de liberalismo amplio que impidiesen expresiones liberales más restringidas.


Entrado el siglo XX, el debate público sobre el liberalismo y sus implicancias empezó a cobrar relevancia en Estados Unidos. Algunos políticos adoptaron una visión más restringida del liberalismo, como Herbert Hoover, mientras que otros profesaron una visión más amplia del liberalismo como Franklin Delano Roosevelt (Rosenblatt, 2018, p 260). El punto de no retorno para el liberalismo más restringido, o también llamado liberalismo económico, fue la política desregulatoria que implementó Ronald Reagan a partir de los años 80. Al otro lado del Atlántico, tenía como aliada a Margaret Thatcher. A partir de ese momento hasta ahora, el liberalismo—o neoliberalismo—ha sido asociado directamente con el crecimiento económico, la acumulación de capital y una mayor democratización en diferentes áreas del mundo. La tradición occidental liberal ya no aboga por el bien común, sino por el bien individual de cada persona. Este intento de amalgama teórica, sin embargo, está mostrando grietas en su estructura conceptual.


¿Cuál era la expectativa de juntar libertad individual, participación política y acumulación de riqueza en un solo cuerpo teórico? Se pueden elaborar dos respuestas. Por un lado, los ideólogos de la democracia liberal sabían perfectamente que este modelo económico basado en la acumulación de capital iba a beneficiar solo a un puñado de personas. Por otro lado, estos decisores no sabían cuál iba a ser el resultado, pero si intuyeron que era necesario incluir a la variable democrática dentro de la ecuación para legitimar su narrativa. Si es así, ¿por qué endilgar toda la responsabilidad de las falencias de este modelo a la variable democrática? Algunos teóricos contemporáneos ya han señalado que existe una deficiencia en la institucionalidad democrática que impide el desarrollo de las naciones (Acemoglu & Robinson, 2012). También se ha señalado que no se ha puesto límites a la idea de la democracia moderna y que más ha sido usada como un comodín para hacer sostenible la idea de bienestar general. A pesar de que se pueda presenciar un halo de crisis global de la democracia, algunos investigadores como Przeworski (2010) consideran que la democracia demuestra falencias porque se le ha asignado responsabilidades que exceden el modelo de gobierno representativo.


Para finalizar, se retoman las reflexiones de Przeworski para mencionar que es improbable que la democracia como la conocemos pueda desvanecerse sin que se pueda hacer algo al respecto. Es importante identificar cuáles son las falencias y los contornos que pueden reemplazarse o mejorarse en la democracia. Dado que es una forma de gobierno basada en la soberanía popular, requiere que las personas formen parte del cambio que todos queremos.




Referencias


Acemoglu, D. & Robinson, J. (2012). Por qué fracasan los países los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Bogotá: Deusto.


Bobbio, N. (2015) Diccionario de política. Ciudad de México: Siglo Veintiuno Editores


Fukuyama, F. (1989). The end of history? The National Interest. (16) 3-18.


Levitsky, S. & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ciudad de México: Editorial Ariel.


Rosenblatt, H. (2018). The Lost history of Liberalism. From Ancient Rome to the Twenty-first Century. Princeton: Princeton University Press.


Runciman, D. (2019). Así termina la democracia. Barcelona: Paidós.


Sartori, G. (2007). ¿Qué es la democracia? Madrid: Taurus.


Tilly, C. (2007). Democracy. Cambridge: Cambridge University Press.


Przeworski, A. (2010). Democracy and the limits of self-government. Cambridge: Cambridge University Press.


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